El 28 de junio de 1926, hace ahora cien años, el Obispo de Madrid-Alcalá, don Leopoldo Eijo y Garay, nombraba priora del reciente Carmelo del Cerro de los Ángeles a la Hermana Maravillas de Jesús, una de la cuatro fundadoras del nuevo monasterio. Nos llevaría mucho tiempo explicar el proceso de los hechos, que fue muy complejo y terminó con el nombramiento de priora de la joven Hermana Maravillas, que acababa de hacer su profesión
solemne hacía solo dos años. Todo ello está narrado detalladamente en varias de las obras que sobre la Santa se han escrito.
Santa Maravillas, llevada de su gran humildad, no aceptó el nombramiento en un primer momento. Solo lo hizo cuando don Leopoldo se lo mandó en «virtud de santa obediencia». La alegría de la comunidad fue desbordante. Al día siguiente, la nueva priora estaba en una situación desgarradora: considerándose incapaz, estaba convencida de que con su priorato se hundiría la fundación. Se pasó llorando ocho días. Poco después fue a visitarla el padre López: «Las demás, todas muy bien –escribió la Santa–, menos la Hermana Maravillas […]. Ayer vino el padre López, y al decirle yo que había perdido toda la felicidad que siempre he gozado, y si sería que estaba perdiendo mi vocación de carmelita, me dijo que esa la tenía completa, ¡pero que se veía no tenía vocación de priora! Menos mal que hasta ahora no me parece me aparta de Dios, pues como me cuesta todo tanto, tengo que recurrir sin cesar al pensamiento de que solo por su amor lo hago… Es que, claro, la vida de la carmelita de oración, de soledad, de sacrificio oculto ¡es tan hermosa! Y para las que somos para poco, este algo exterior agobia».

A partir de entonces, la Madre fue priora a lo largo de cuarenta y ocho años, en las sucesivas fundaciones que llevó a cabo, aunque una y otra vez, durante estos años, no dejaba de manifestar a sus superiores su repugnancia, que reaparecía cada vez que se acercaba una nueva elección.
«¡Se me cayó el mundo encima! –escribía, por ejemplo–. Se me ocurrieron tantas cosas que debía haber dicho al señor obispo, ¡pero, como siempre, tarde! Yo no puedo, padre, le aseguro que no puedo… He estado una hora entera llorando, sin poderlo remediar, con una amargura tan grande…; y además decidida a hacer cualquier cosa antes de seguir así.
«¡Ay, padre! Ayúdeme a dejar este oficio que tanto me obliga a ocuparme de lo exterior para poder tratar solo con mi Dios, como verdadera carmelita».
«Créame, señor obispo, se lo digo con todo el corazón, y desgraciadamente es la pura verdad: aquí no hay malo más que la priora».
«No saben qué mal he llevado lo del priorato. Tenía una tristeza que no podía con mi alma, aunque, claro está, que solo quería lo que Él quisiera y lo quiero».
Podríamos seguir citando muchos más textos sobre los sentimientos de Santa Maravillas. Quede esta pequeña selección de cartas como confirmación de lo que venimos diciendo. En todas ellas queda bien manifiesto su profunda humildad, convencida de que no era capaz de ejercer el cargo «ni por carácter –son sus palabras– ni por falta de cabeza y, lo que es mucho peor, por falta de virtud».
Sin embargo, ante la voluntad de Dios que se manifestaba claramente a través de los superiores, Santa Maravillas aceptó esa carga que le acompañó hasta el fin de sus días, aunque ello le supuso un gran sufrimiento. Por ello pudo escribir en sus últimos años a una de sus hijas:
«Bien lo sabe Él, todo lo que quiera; aun ser priora “in aeternum”». Por otra parte fue queridísima de todas sus hijas. Casi todas hablan de su bondad de corazón. Ellas percibían un corazón al que llegaban sus penas y alegrías; un corazón que se preocupaba de sus necesidades y procuraba remediarlas; un corazón de verdadera madre.
«Este amor nos llevaba a Dios –afirma una de ellas–. Esta gracia grande se la concedió el Señor, pues a Nuestra Madre siempre le horrorizó pensar que podía quitarle el amor que solo a Él se le debía, y se lo pedía continuamente».
Por aquella época escribía su director espiritual: «El Señor la guía, y hace un bien inmenso a todas. Aquello es el paraíso, gracias a Dios. ¡Qué hermosura es la humildad! Ni juicio propio ni propia voluntad va a quedar ahí, si las cosas siguen como van».
«Aquello es un encanto… ¡Las delicias del Sagrado Corazón! ¡Debe de estar más contento! No se piensa más que en amarle y ¡tan de verdad! Acusan a la priora de un modo atroz, y con unos bríos muy grandes…: de que no come, de que no duerme, de que le ha dado el padre Epifanio permiso para mentir, y les dice que se ha acostado, cuando no es verdad… etc., etc. Pero si viera usted con qué caridad… Realmente la quieren como a una madre santa. ¡Qué cosas nos da Dios a ver, y cuántas vamos a ver todavía! Cierto, Dios anda en todo esto». «Ver a Madre Maravillas viviendo para todos y repartiendo sin saberlo los tesoros que Dios ha puesto en su corazón».

Celebramos el centenario del inicio del priorato de Santa Maravillas de Jesús. Un priorato consagrado a la delicada tarea de guiar a las almas por el camino de la espiritualidad carmelitana, y esto con el único fin de que Dios encontrara en ella sus delicias. Toda su vida de oración, penitencia… la ofreció por las almas, y de modo particular por las que Dios le había confiado.