Estamos en octubre de 1926. Han pasado cuatro meses desde la elección de santa Maravillas como priora de la nueva fundación del Carmelo del Cerro de los Ángeles. La comunidad, integrada por las cuatro fundadoras y siete novicias, va a trasladarse, al fin, al nuevo monasterio construido en el Cerro de los Ángeles.

Llega el día 31 de octubre, fiesta de Cristo Rey, que por primera vez se celebra litúrgicamente este año en toda la Iglesia.

La Madre Maravillas y sus hijas dejan para siempre aquella casita de Getafe en la que, durante más de dos años, han sufrido y gozado. Con honda emoción llegan las once carmelitas al Cerro, y se postran ante la grandiosa imagen al Sagrado Corazón del Monumento.

Allí están el señor obispo de Madrid-Alcalá, varios padres carmelitas descalzos y un numeroso público. Todos han subido al Cerro para acompañar a las carmelitas. Pasados unos minutos, la comunidad se dirige al Carmelo, que aún está sin terminar del todo.

Don Leopoldo, antes de que las monjas se encierren en la clausura, ha dado permiso a los asistentes para visitarla. Todos quedan admirados de aquellas estancias y celdas, casi vacías, en las que no había más muebles que los estrictamente indispensables. Después, la gente se encaminó hacia la ermita de Nuestra Señora de los Ángeles, donde el señor obispo, tras una vibrante plática, con el Santísimo Sacramento bajo palio, se dirigió en procesión a la capilla provisional de las monjas, pues la iglesia todavía no está terminada. Le acompañan más de dos mil personas; las tropas de artillería de la guarnición de Getafe cubren el trayecto. Llegados a la capilla provisional, el prelado colocó la custodia sobre el altar y, tras el Te Deum, quedó el Señor reservado en el sagrario. La Madre Maravillas y sus hijas han participado en la ceremonia desde su clausura, con profunda emoción.

Al final de la tarde, la multitud regresa a Madrid. El Cerro queda desierto. Pero el Corazón de Jesús ya no está solo. Con él han quedado sus carmelitas, que como lámparas vivas arderán en su presencia, con ansias de amor y reparación, noche y día, año tras año, hasta nuestros días. Hoy, como entonces, emocionan y siguen siendo válidas las palabras que escribió don Antonio García –entonces vicario general de la diócesis de Madrid y después arzobispo de Valladolid–, a la comunidad del Cerro, recién instalada en su monasterio:

«La “lamparita encendida” desde mayo del 24, ya está puesta y arde ante el Corazón Santísimo de Jesucristo. Él no permita que se apague ni que se  amortigüe, ni permita que arda con fosforescencias humanas. Él derrame sus bendiciones sobre ustedes, “gotitas de aceite”, para que la lamparita arda siempre con una llama muy pura, que no parezca nada más que la llamita de una pobre lámpara y sea la llamarada inmensa de un volcán de amor (humilde, sacrificado, silencioso), al Corazón ardentísimo de nuestro Rey y Rey de España».